Traducción
Inghilleri, Moira. 2012. Interpretar Justicia. Ética, Política y Lenguaje [Moira Inghilleri. Interpreting Justice. Ethics, Politics and Language]

Andrew Chesterman
Helsinki | Universidad Nacional de La Plata

Traducción por Manuela Reboredo bajo la supervisión de Julieta Amorebieta y Vera
Helsinki | Universidad Nacional de La Plata

Tabla de contenidos

Este texto parece más un folleto que un libro: es una serie de argumentos a favor de la amplificación del código de ética tradicional de la interpretación, el cual se basa en los valores de fidelidad e imparcialidad. La perspectiva de Inghilleri es abiertamente prescriptiva: el código de ética debería ser reformado. En pocas palabras, la autora quiere que a los intérpretes se les dé más espacio para actuar de acuerdo con su ética personal, especialmente cuando esta entra en conflicto con la ética profesional tradicional de la interpretación. Esto implicaría otorgarles a los intérpretes el derecho a intervenir con mayor libertad, para asegurarse de que a sus clientes se les trate de forma justa (por ejemplo, en casos de solicitud de asilo). Tales intervenciones remarcan la manera en que la gente en general trata de entenderse a través del diálogo y la cooperación, en un proceso dialéctico que a menudo puede ser fragmentado e incoherente.

En otras palabras, el punto principal es que debería permitirse que la ética personal incida en la ética profesional tradicional. Aquí es donde, se podría presentar la terminología con mayor claridad. No es sino recién en la página 52 en donde encontramos la definición propuesta por Inghilleri de la diferencia entre ‘moral’ y ‘ético’: ‘moral’ se utiliza para hacer referencia a “individuos y comunidades”, mientras que ‘ético’ “hace hincapié en un sistema social en el cual se aplica, evalúa o rechaza lo moral”. Esta formulación no me pareció útil, especialmente dado que el libro también utiliza el término “moralidad de roles” para referirse a la ética profesional.

Al ser un libro argumentativo, invita a la contraargumentación, ya sea si uno está de acuerdo con la afirmación principal o no. Los capítulos emplean diferentes tipos de argumentos de manera implícita, los cuales explicaré a continuación, además de indicar algunos problemas y contraargumentos.

El capítulo 1 parece un tipo de argumentación por deducción. Inserta la afirmación principal dentro de la filosofía del lenguaje –o, mejor dicho, dentro de una filosofía del lenguaje– y pretende mostrar cómo el argumento de la autora es coherente con esta filosofía o deriva de ella. Antes de avanzar, debemos observar que aquí ya hay un problema. Dado que las filosofías del lenguaje son interpretaciones de la naturaleza del lenguaje y la comunicación, entre otros, no son entonces afirmaciones empíricas sino más bien hipótesis interpretativas. Por lo tanto, se las evalúa en términos de cuán útiles parecen ser, no en términos de verdad y falsedad. Además, las hipótesis interpretativas son acumulativas: un fenómeno dado, como el lenguaje, puede interpretarse de varias maneras diferentes. Ver el lenguaje de X manera puede dificultar verlo de manera Y al mismo tiempo, pero esto no implica que X o Y sean incorrectas; quizás X e Y son dos maneras útiles de verlo, con distintos objetivos. La propia retórica de Inghilleri es en ocasiones ambigua en este sentido. Por ejemplo, en la página 2 la autora considera su perspectiva tanto como adicional, es decir, debe ser colocada junto a otra opinión, como así también como alternativa, lo que implica que debería reemplazar otra opinión que estaría menos justificada. La conexión de su argumento con una filosofía del lenguaje particular ciertamente muestra las relaciones con otras estructuras conceptuales, para que no parezca un caso aislado; sin embargo, esa conexión no brinda por sí sola motivos lógicos para un razonamiento prescriptivo. Solo proveería esos motivos si primero se mostrase que las suposiciones que la fundamentan son verdaderas, pero las interpretaciones no son ni verdaderas ni falsas, solo más o menos convenientes o convincentes, por ejemplo.

Inghilleri basa su visión del lenguaje en el trabajo de filósofos pragmáticos, especialmente Davidson (1986)Davidson, Donald 1986 “A Nice Derangement of Epitaphs.” In Truth and Interpretation: Perspectives on the Philosophy of Donald Davidson, ed. by Ernest Lepore, 433–446. Oxford: Clarendon Press.Google Scholar. De acuerdo con esta perspectiva, el lenguaje no consiste en “normas” esencialistas que deben ser respetadas para lograr una comunicación exitosa. Más bien, la comunicación es una cosa mucho más confusa que incluye indeterminación e incertidumbre fundamental. (Al hacer referencia a una visión de la comunicación inferencial y dialógica, Inghilleri podría también haberse referido al trabajo de Gutt, por ejemplo, del año 2000Gutt, Ernst-August 2000Translation and Relevance. Manchester: St. Jerome Publishing.Google Scholar). Inghilleri resume la noción de Davidson de “teoría pasajera”, definida como “un conjunto de conjeturas sobre el comportamiento [comunicativo] completo de nuestros interlocutores, teorías que deben ajustarse constantemente de acuerdo con las nuevas circunstancias” (11). Sin embargo, hay varios problemas aquí. Para comenzar, la teoría de la comunicación de Davidson se presenta solo parcialmente: no se hace mención del concepto asociado de ‘teoría anterior’ ni de la relación entre las teorías anteriores y las pasajeras. (Para mayor información, véase Malmkjaer [1993]Malmkjaer, Kirsten 1993 “Underpinning Translation Theory.” Target 5 (2): 133–148. Crossref logoGoogle Scholar, una referencia que debería haber estado incluida). Grosso modo, la teoría anterior se preocupa por las suposiciones que guían a los participantes en la formación de sus teorías pasajeras.

En segundo lugar, no se hace mención a ninguna de las críticas de la concepción general del lenguaje de Davidson. Inghilleri da a entender que Davidson está simplemente en lo cierto, cita su famosa (aunque infame) conclusión de que “no existe tal cosa [como un lenguaje]” (12), pero no hace ningún comentario con respecto a los problemas que presenta esta visión. En el mismo libro en que aparece publicado el trabajo de Davidson, por ejemplo, Dummett (1986)Dummett, Michael 1986 “ ‘A Nice Derangement of Epitaphs’: Some Comments on Davidson and Hacking.” In Truth and Interpretation: Perspectives on the Philosophy of Donald Davidson, ed. by Ernest Lepore, 459–476. Oxford: Clarendon Press.Google Scholar argumenta que las palabras tienen significado independientemente de los hablantes; por consiguiente, debe haber alguna práctica compartida al hablar una lengua dada, ya que de otro modo no podríamos darle sentido a los enunciados desviados como los que discute Davidson. Las teorías pasajeras no podrían existir sin las teorías anteriores. Incluso Davidson necesita el concepto de una comunidad lingüística: ¿cómo es posible, entonces, que “no exista tal cosa” como un lenguaje? Uno podría agregar también la obviedad de que los significados no son todos de una misma clase: algunos son más objetivos y más compartidos y, por tanto, menos confusos que otros. De la misma manera, algunas normas del lenguaje son más normativas que otras.

El capítulo 2 es un planteamiento general de la ética de la comunicación, que pretende defender “una ética de la interpretación que reconoce la incertidumbre semántica y certidumbre moral como lineamientos legítimos para la práctica del intérprete” (26). Sin embargo, no estoy tan seguro de la “certidumbre moral”. Inghilleri da razones en contra de una ética deóntica (basada en normas u obligaciones) y a favor de un enfoque utilitario (basado en la consideración de las consecuencias). El planteo continúa con ejemplos ilustrativos obtenidos de entrevistas en las que ciertos intérpretes explican por qué recurren ocasionalmente a lo que uno de ellos denomina “interpretación creativa” (30). Incluso se toman algunos ejemplos de la ficción (46–49). Sin embargo, el problema que ocurre con los ejemplos ilustrativos es que no sabemos qué tan típicos son, entonces no podemos sacar conclusiones generales a partir de ellos. Estos ejemplos, al ser seleccionados para respaldar una posición determinada, también son necesariamente tendenciosos: no vemos aquí ejemplos de la posición contraria, en la cual la interpretación creativa ha provocado un desastre o en la que la interpretación imparcial tradicional ha tenido consecuencias excelentes para todos los involucrados.

Se hace uso de la ética del discurso (Habermas), el “universalismo concreto” (Benhabib) y la ética comunitaria (Taylor, por ejemplo), para defender la opinión de que la verdad es un concepto relativo culturalmente, de que la ambigüedad y la contingencia son ubicuas en la interpretación, y de que, básicamente, las lenguas y las culturas son inconmensurables. La autora entonces sostiene que esto implica que “se les debe permitir a los intérpretes que ejerciten su agentividad para expresar lo que les preocupa, para hacer lo que consideren como la elección ética correcta en el momento, aun si su deber profesional sugiere otra cosa” (48). Este razonamiento es similar, en cuanto a la forma, a uno expresado anteriormente en el capítulo 1: se llega a una conclusión prescriptiva a partir de una hipótesis interpretativa, como si la interpretación representara una verdad empírica más que una opinión posible entre otras. Una observación crítica adicional es que los intérpretes también pueden estar sujetos a inclinaciones, como el prejuicio racista (tal como se reconoce en la página 49), por lo que uno se pregunta cómo se puede mantener la confianza si se descarta el principio de imparcialidad.

El capítulo 3 explora un caso del ámbito jurídico a partir de la analogía. Comienza con un debate sobre la moralidad de roles en las instituciones de la ley y sostiene que, incluso en este ámbito, los principios de neutralidad y fidelidad a la ley tienen sus límites. Siempre es necesario que las leyes estén contextualizadas y que sean interpretadas. El filósofo del Derecho, David Luban (citado en la página 64) afirma que cuando la obligación profesional está en conflicto con la obligación moral (es decir, personal), prevalece esta última. (Pero, ¿dónde está la prueba empírica de que esto es lo que en realidad ocurre, con qué frecuencia, en qué condiciones?) Se debate un caso particular del ámbito jurídico en el que un intérprete judicial presentó, luego de una audiencia, una declaración por escrito con una lista de violaciones del debido proceso que habían ocurrido durante la audiencia. Esto se presenta como un ejemplo de cuando la moral personal sobrepasa la neutralidad profesional. Sin embargo, no fue durante la interpretación que este intérprete presentó las quejas y, por tanto, no estaba actuando en su rol profesional, sino luego, en su rol de ciudadano. En realidad, fue su “perspectiva de intérprete como persona lega, informada e imparcial” (69) tradicional lo que le permitió percibir las violaciones en cuestión. Y esto parece en realidad ir más bien en contra de lo que Inghilleri intenta mostrar aquí. Entonces, resulta engañosa la conclusión de que las acciones del intérprete luego de la intervención profesional “brindan más pruebas de que el papel moral de los intérpretes puede ser liberado de la moralidad neutralizada que tradicionalmente lo ha definido en nombre de la imparcialidad” (69).

El capítulo 4 analiza ejemplos de interpretaciones realizadas en ocasiones de solicitud de asilo en el Reino Unido. Se debate la ética de la hospitalidad, así como también algunos asuntos respecto a las políticas de migración. Vuelven a presentarse ejemplos ilustrativos de las declaraciones de quienes solicitan asilo, de las entrevistas y los relatos de los intérpretes, y de las entrevistas con los jueces en materia de inmigración. Queda claro que algunas de estas tareas interpretativas son traumáticas, no solo para quien busca asilo sino también para el intérprete, por las historias terribles que se cuentan. Y también es evidente que en ocasiones estas historias se adornan un poco o incluso se inventan de modo de persuadir al juez y lograr que se autorice el asilo. Por momentos, los intérpretes desempeñan un papel que obviamente supera el de un mero traductor, ya que pueden explicar o clarificar más que lo que en realidad se dice. Inghilleri afirma que estos agregados, a partir de un papel neutral, no generan problemas de malentendidos; según la autora, hay más probabilidades de que estos problemas ocurran debido a intérpretes con poco entrenamiento y por las malas condiciones laborales (96). Pero esto es una especulación. No hay aquí un razonamiento inductivo y empírico al partir de un análisis de casos reales en los que ha habido malentendidos (que podrían, en efecto, justificar esta conclusión).

El capítulo 5 sigue un postura similar en relación con un debate acerca de la interpretación durante la guerra de Iraq. Se analiza el concepto de la Guerra Justa y se dan ejemplos de informes y declaraciones de entrevistas de intérpretes y militares, además de algunos comentarios sobre el entrenamiento ético de los militares. Desde mi punto de vista, los ejemplos presentados aquí son los más persuasivos de todo el libro. Sin embargo, algunos de los datos van en contra de la postura de Inghilleri. Se dice que un intérprete ha ganado la confianza de ambas partes del conflicto precisamente porque se sabía que era imparcial (117–118). Inghilleri nota este problema aparente, pero comenta que el intérprete en cuestión no fue imparcial cuando decidió en un principio convertirse en intérprete mientras trabajaba en la milicia de los Estados Unidos; esa decisión ya tenía dimensiones éticas (como así también políticas y económicas). Sí; pero cuando tomó esta decisión, el hombre no era aún intérprete, y, por tanto, no desempañaba el papel profesional de un intérprete –recuerde el ejemplo similar que se mencionó anteriormente, en el capítulo 3.

El breve capítulo final trata sobre la visibilidad del intérprete. La interpretación creativa hace a los intérpretes más visibles y les permite tener más espacio para ejercer su propia agentividad. Sí, de acuerdo. Sin embargo, el libro efectivamente finaliza sin haber propuesto ningún código de ética para la interpretación revisado y explícito que remplace el tradicional y actual. En la página 29 se planean buenas preguntas acerca de cuándo un intérprete puede sentirse motivado para alejarse del principio de imparcialidad o, por ejemplo, cuándo “sería aceptable profesionalmente que los sentimientos o las consecuencias motivaran a los intérpretes a actuar imparcialmente pero a comportarse de manera no ética”, pero las respuestas aún permanecen en el aire cuando llegamos al final.

Lamentablemente, el libro no tiene un estilo fácil de leer. No se menciona a ningún editor ni editor de estilo en la sección Agradecimientos, y se nota la falta. A menudo, las oraciones son largas, densas y complejas, y tienen poca puntuación (la cual, en ocasiones, incluso falta o es incorrecta). Hay bastantes errores pequeños. En los extractos de las entrevistas, se nombra a la autora como “M” en una parte y como “I” en otra. El nombre de pila de Alasdair MacIntyre está mal escrito en el índice y en la bibliografía. De los errores de impresión que he notado, el más atractivo aparece en una cita de Putnam, quien se dice que dijo que “la verdad presupone un estándar eterno para el pensador” (11, énfasis agregado). Sí, claro; pero debería decir “externo”.

Por supuesto, el tema general de la ética del intérprete no es nuevo. Hace más de una década, por ejemplo, Cecilia Wadensjö (1998)Wadensjö, Cecilia 1998Interpreting as Interaction. London: Longman.Google Scholar señaló que los intérpretes comunales normalmente “adaptan su desempeño según su comprensión de las necesidades de los otros” (1998Wadensjö, Cecilia 1998Interpreting as Interaction. London: Longman.Google Scholar, 280). En el mismo libro, ella también problematizó la neutralidad (240, 283) al notar que “solo traducir” es una posición problemática que puede parecer como “una justificación por actuar como una no-persona” (286, énfasis original). Y, además, “es fundamental hacer que los candidatos a intérpretes sometan los estándares profesionales oficiales a evaluación y crítica. Las difíciles distinciones entre el ‘bien’ y el ‘mal’ no deberían negarse, sino destacarse en la formación del intérprete” (ibídem). Otros autores también han planteado cuestiones similares. El libro de Inghilleri puede leerse como un comentario extendido y provocativo de estos temas. También contribuirá a mejorar la visibilidad y quizás, por consiguiente, el estatus de los intérpretes mismos. Ciertamente concuerdo con la autora en el hecho de que todo el límite borroso entre la ética personal y profesional es complejo y fluctuante, y que es importante intentar aclarar ciertas cosas. No obstante, los argumentos particulares que este libro presenta no me resultaron convincentes.

Referencias

Davidson, Donald
1986 “A Nice Derangement of Epitaphs.” In Truth and Interpretation: Perspectives on the Philosophy of Donald Davidson, ed. by Ernest Lepore, 433–446. Oxford: Clarendon Press.Google Scholar
Dummett, Michael
1986 “ ‘A Nice Derangement of Epitaphs’: Some Comments on Davidson and Hacking.” In Truth and Interpretation: Perspectives on the Philosophy of Donald Davidson, ed. by Ernest Lepore, 459–476. Oxford: Clarendon Press.Google Scholar
Gutt, Ernst-August
2000Translation and Relevance. Manchester: St. Jerome Publishing.Google Scholar
Malmkjaer, Kirsten
1993 “Underpinning Translation Theory.” Target 5 (2): 133–148. Crossref logoGoogle Scholar
Wadensjö, Cecilia
1998Interpreting as Interaction. London: Longman.Google Scholar